
Esto no es una columna. Yo iba a hablar de la voz LIT., por seguir con la broma metaliteraria, pero me persiguieron con el ostracismo hasta hincármelo bien dentro por aquí, junto a la traquea y ahora me he quedado mudo. Así que me encontré ante una ausencia.
Me dije que si no tengo nada más que nada, la elección no puede ser más sencilla: la nada, la ausencia, el vacío, la carencia, la nulidad, la escasez, ¿de qué? De tema, claro. Se mantiene el impulso de escribir algo, una cosa, pero no se tiene nada, ni siquiera un principio, una experiencia, una visión, y por supuesto, nada de voces. Se tira un dado, se abre una web al azar, se busca dentro del cajón de historias perdidas, dentro de la carpeta de cuentos a medias, pero no se encuentra nada.
Entonces me digo, vayamos por partes: Ambientación… y pienso un rato, existen prototipos, clichés, y se puede jugar con ellos, pero ahora mismo me da igual hacer un western, una historia de terror costumbrista, una anécdota autobiográfica o un discurso peyotero. El interés es nulo. Personajes, no hay interesantes, y si los hay, pues siempre se encuentran en otros libros. Me miro al espejo y no veo tampoco nada. Diálogos… escribo un guión pero no tengo nada que decir y el guión se queda suspendido y ausente ante el borde de la página en blanco. Estructura… pero no se puede torcer nada si no hay nada, no se puede comenzar in media res si no hay res. Y sin embargo esa necesidad galopante, esa fecha de encargo, de concurso, esa incapacidad para concentrarme en otra cosa.
Quizá coja una frase divertida, una cita y la modifique e intente desde ahí hacer algo más, y quizá al día siguiente, mientras dormía, aquello siguió discurriendo por su cuenta y convirtiéndose en un drama homérico, y quizá dos semanas después ese drama homérico sea una obra de teatro cómica de fantasía épica.
Pero, tal como me está ocurriendo en esta misma columna, lo más seguro es que el propio discurrir no me lleve a ningún lado, simplemente a entrelazar frases e ideas sin esfuerzo ni fuerza ni interés. ¿Y qué los diferencia de otra escrita con ganas? Hay algo aquí arriba suspendido que es el principio de incertidumbre y el principio de entropía. Incertidumbre por si lo que hago tiene remedio, es evitable, puede curarse, olvidarse o perderse en los cajones sin más. Incertidumbre de que tal vez esté formando parte de esos que sobran, de no tener realmente nada que contar, aunque lo crea, y mucho menos de manera novedosa, portadora, necesaria. Entropía de no entender nada, de que las líneas del cuenta palabras del procesador de texto estén equivocadas respecto al tiempo invertido. Entropía del caos de llevar una historia, cuando nunca encajan ganas con ambientación, interés con personajes, diálogos con soltura, innovación con estructura y ni siquiera soy capaz de enumerar todas esas variantes.
Entonces leo a otro, pero me canso. Escribo algo en los retazos de un diario falso, que no es un diario y que no es tan falso. Como esto que escribo ahora, que no es una columna, ni un diario, ni falso ni verdadero, ni siquiera es mi opinión, ni siquiera es un tema, ni da pie a otro tema, ni un personaje, ni un diálogo, ni una estructura, quizá tan solo un guión suspendido y abandonado al vértigo del abismo de un folio en blanco que debe rondar las mil páginas para respirar por fin tras la agonía del esfuerzo de hacer como que cuentas algo sobre lo que no tienes nada que contar… Tomo aire porque la vida no es prosaica ni la prosa es vital.
El problema es tratar conceptos absolutos como si fueran liebres de marzo. Si al menos hubiera quien no se lo tomara en serio, podría no sentirme mal porque todo esto que estoy diciendo en realidad no sea real ni me importe. En fin, como me siento generoso, y para que esta reflexión tenga alguna utilidad, les recomendaré un libro que siempre viene a cuento: Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig, en especial el relato dedicado a la expedición al Polo Sur de Scott. En una durísima y larga carrera por la conquista, dos expediciones compiten por alcanzar el corazón del Polo. El relato se centra en el equipo comandado por Scott, no obstante, al final la historia nos dice que ganó su competidor, Amudsen. Pese a todo es un relato acerca del éxito inmortal, porque volviendo en la derrota, la expedición de Scott acabó topándose con su propia tumba helada, perdidos en la nieve, Scott y sus cuatro compañeros murieron de frío e inanición. Y sin embargo, el gran Zweig no dedica su momento estelar a Amudsen (el primero en llegar al Polo Sur y regresar victorioso) sino a Scott, que solo dejó un diario de su fracaso. Ambos (Zweig y Scott) tenían algo que contar, y gracias a sus palabras, a sus historias, a lo que contaron, un fracaso se convirtió en un momento estelar inolvidable. ¿Cómo competir con semejante ejemplo? Es que no hay que competir…
El guión gravita y tiembla ante la inmensidad de la creatividad. No importa que en esta ocasión se desprenda, ya habrá otra. Al fin y al cabo no entiendo qué hago aquí escribiendo esta columna (o lo que sea). ¿Por qué yo? ¿O por qué yo no? La sensación que siempre me queda es que no entiendo nada, quizá no haya nada que entender, así que para quien haya podido leer hasta aquí: no desesperes, ya no hay nada más (y esto es tanto).
(Publicado originalmente en OcioZero: http://ociozero.com/?q=node/4538)